A la lid, holguineros valientes
- Por Isabel Hechavarría Hernández / Estudiante de Periodismo
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Esta semana se cumplieron 156 años de la creación del Himno de Holguín, una de las piezas patrióticas más intensas surgidas durante las guerras independentistas cubanas y, paradójicamente, uno de los símbolos identitarios más desconocidos hoy por buena parte de los propios holguineros.
Compuesto el 17 de mayo de 1870, en plena Guerra de los Diez Años, con letra del coronel mambí Pedro Martínez Freyre y música atribuida al compositor José María Ochoa, el himno nació desde la urgencia de la guerra y no desde la contemplación. No es un canto costumbrista ni una oda tranquila a la ciudad: es una arenga revolucionaria construida desde la pólvora, el sacrificio y la idea absoluta de libertad.
“A la lid, holguineros valientes”, comienza diciendo el texto, utilizando un lenguaje épico que convierte la lucha en deber moral. El himno no describe el valor: lo exige. Cada verso funciona como un llamado colectivo a enfrentar el dominio colonial español, usando imágenes de combate y honor.
Su fuerza radica precisamente en eso: en la manera en que convierte el ideal independentista en una experiencia emocional y física. “Ni dobléis como siervos la frente”, ordena el poema, estableciendo una oposición clara entre dignidad y sometimiento.
Más adelante, la obra alcanza uno de sus momentos más radicales al afirmar que “es mil veces más dulce una fosa que la vida en silencio profundo”, condensando una de las ideas más radicales y dolorosas del Himno de Holguín: la independencia entendida como un valor superior incluso a la propia vida. La “fosa” deja de ser únicamente la tumba del combatiente para convertirse en símbolo de sacrificio y de una muerte que posee sentido porque nace de la defensa de los ideales.
Frente a ella aparece “la vida en silencio profundo”, una existencia marcada por el miedo, la obediencia y la renuncia a la voz propia. Ese silencio no representa paz ni serenidad, sino sometimiento; es la imagen de quien vive obligado a callar ante la injusticia. El verso plantea entonces una oposición brutal entre morir con honor o sobrevivir sin voz propia, y revela hasta qué punto el espíritu independentista concebía la misma como algo imposible de negociar.
Sin embargo, 156 años después, el problema ya no es la guerra, sino el olvido.
Muchos holguineros desconocen que la ciudad posee un himno propio. Otros jamás lo escucharon en la escuela ni en actos públicos. Con el paso de las décadas, los símbolos identitarios locales fueron desapareciendo lentamente de la memoria colectiva, desplazados por una enseñanza cada vez más distante de la historia regional y por una evidente falta de promoción de la cultura local.
El Himno de Holguín terminó convertido en una pieza casi invisible fuera de determinados círculos históricos y culturales. La ciudad conservó monumentos, fechas y tradiciones, pero perdió parte de la conexión emocional con símbolos que alguna vez definieron su identidad patriótica.
En ese contexto, resulta especialmente valioso el esfuerzo realizado por el Orfeón Holguín, que en 2024 asumió la tarea de rescatar el himno mediante una versión coral oficial presentada durante las celebraciones de la fundación de la ciudad y que aún se puede escuchar en iVoox. Aquel gesto representó un intento de devolverle voz a una obra prácticamente ausente del imaginario popular contemporáneo.
El rescate del himno no debería verse únicamente como un ejercicio de nostalgia. También es una oportunidad para reflexionar sobre cuánto de la identidad local se ha ido perdiendo con los años. Una ciudad que desconoce sus símbolos corre el riesgo de perder también la memoria de aquello que la formó.
Porque el Himno de Holguín no es solamente una composición patriótica del siglo XIX. Es el retrato de una época donde la libertad se concebía como la única forma honorable de existencia. Un canto escrito desde la guerra, desde la resiliencia y desde la decisión de no inclinar jamás la cabeza.
Y quizás el verdadero desafío, 156 años después, sea impedir que ese espíritu termine definitivamente sepultado por el silencio.