¡No nos entendemos!

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Imagen modificada con IA.

El 10 de febrero de 1878, un puñado de hombres —el llamado Comité del Centro— firmaron un documento que acreditaba el cese de las hostilidades, pero que no contemplaba la independencia de la isla ni la libertad de los esclavos. Aceptaron deponer las armas a cambio de la posibilidad de volver a tomar café caliente en sus casas y de un perdón que los eximía de culpabilidad por defender su tierra. Porque, según los colonialistas, eran culpables por defenderla a machetazos de aquellos que la habían ofendido durante tres hirientes siglos.

 Aquel acto, al que asistieron importantes figuras de la guerra, como Juan Bautista Spotorno y Enrique Collazo, pasó a la historia como el Pacto del Zanjón, un hecho que luego el tiempo se encargaría de calificar como sumiso, mellado y traidor. Años más tarde, José Martí resumiría esta amarga lección con una frase que señala la responsabilidad interna en la derrota: "Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos".

La noticia fue una puñalada para los hombres que se batían en Oriente, donde los combates estaban teniendo éxito y el enemigo, desprovisto de la energía que otorga a los hombres la causa justa, era ridiculizado por forajidos como Rabí, Titá, Vicente García, Máximo Gómez y Antonio Maceo, por solo mencionar algunos.

Este último protagonizaría un hecho que, tal vez sin saberlo, recogería del suelo, envuelta en sangre y sudor, la dignidad de la Guerra.

Y es que no se puede negociar con la dignidad. ¿Cómo puede alguien meterse en el bohío de la madre Patria y decirle que se han roto los ánimos para defenderla? ¿Cómo mirarla a los ojos, hinchados de llorar a sus hijos esclavos, y anunciarle el desánimo y la inconsistencia? A latigazos se abría paso el español sobre la piel mestiza de Cuba, y con el machete de hacer la zafra había que hacer también la libertad.

 Al amanecer del 15 de marzo llegarían a Mangos de Baraguá los mambises del oriente de Cuba para reunirse con Arsenio Martínez Campos, por entonces jefe de operaciones del ejército de España en la isla. Este ofrecería a los cubanos que aún peleaban los términos del Zanjón, procurando su rendición y el cese definitivo de la contienda.

La respuesta es, según apuntaría Martí, de lo más glorioso de la historia de Cuba, un hecho que recuperó la dignidad de la lucha y mostró al ejército invasor que la disposición del Zanjón no representaba la totalidad del pensamiento cubano, sino el de un grupo agotado por la pelea.

"¡No nos entendemos!", y la voz de Antonio Maceo parecía salir de la raíz misma de la isla. No nos entendemos, nunca nos hemos entendido con los que pretenden hacernos esclavos en nuestra propia tierra.

 Hoy, cuando falta poquito para cumplirse un siglo y medio de este acontecimiento, pienso en los más de 60 años de lucha de esta guerra que comenzó en 1959 contra un enemigo más poderoso que España. Años de andar con los zapatos apretados y el estómago confundiendo la comida de hoy con la de hace tres días. Tantos años de limitaciones, asedios, afrentas a la dignidad y bloqueo económico nos han dejado un pueblo herido y enfermo.

No son pocos los que han dejado caer sus armas y firmarían cualquier pacto, hasta el más indigno, con tal de llegar a casa y beber junto a los suyos alguna buena noticia. El imperialismo estadounidense ha hecho creer que si estamos tan mal es porque nos resistimos a sus reformas, a su persecución de la justicia, a sus héroes y su identidad.

Y no dudo que mañana, en un Zanjón improvisado por el desánimo y la cobardía, un grupo de hombres, sintiéndose culpables por defender lo suyo, firme la sentencia de la esclavitud.

Me reconforta saber que todavía hay cubanos que muestran en el combate cotidiano el éxito de saberse poseedores de la verdad. Y que por ella sabrían levantarse en armas hasta que se acabe el siglo, conscientes, como apuntó Martí, de que esta guerra no es la tentativa inútil y pavorosa contra una potencia superior, "sino el propósito sereno y valiente de los hijos de una tierra que sufre, decididos a probar al mundo, mientras no le concedan el derecho de regir sus destinos, que saben morir por él."


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