Un Código de afectos
- Por Hilda Pupo Salazar
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Los afectos triunfaron para todos, no solo para quienes apostaron por el Sí, porque los amplios aportes para las familias cubanas en su Código podrán recibirlos cada uno de los cubanos, sin preguntarles cuál fue su voto.
Ahora hay que cuidar, con total esmero, una exquisita educación desde la familia, la escuela y la sociedad para eliminar el más mínimo vestigio de segregación, marginación, exclusión, postergación de derechos, relegación…
Hay que evitar el resentimiento en cualquiera de sus diversas expresiones, que luego se arrastra durante toda la vida, como un dolor moral, que se produce desde una ofensa o exclusión, y puede acontecer hasta sin intención, pero acumula rencor y hostilidad, lo cual dificulta tener energías positivas.
Es nocivo cultivar, personalmente, hostilidad contra una persona, familia o un grupo porque en un determinado momento lo trataron mal, así como acumular ira incontrolada, capaz de llegar a enfurecimiento o negativa agitación emocional, como si los demás fueran culpables de sus problemas.
Muy provechoso para las familias y la sociedad es educar desde las primeras edades el ser humano para con otros, sin ningún interés adicional, compasivo, saber perdonar y reconciliarse aun en los momentos más enmarañados, fomentar el aprecio y la gratitud, ser caritativos, humildes y en cualquier instante defender la justicia, sin permitir abusos ni atropellos contra los más desválidos.
Por ejemplo, debe despojarse cualquier vestigio de discriminación sobre el matrimonio igualitario y sobre las personas de sexualidad diversa, es cuestión de derechos y de respetar la vida de cada quien, como parte de la cultura para la justicia social que la Revolución Cubana defiende, en aras de ser mejores personas.
Las conquistas cubanas son impensables en otras naciones, como el aborto seguro, legal, y gratuito; igual salario a igual trabajo para mujeres y hombres; licencia de maternidad y de paternidad; servicios de planificación familiar y educación sexual escolar.
En Cuba, “todas las personas son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, origen nacional o cualquier otra distinción lesiva a la dignidad humana…”
Así lo defienden la Constitución de la República y el Código de las Familias, que amparan una voluntad colectiva, para un mejor futuro, por eso aquel domingo fue ¡Un gran día para la democracia cubana! Y exige para todos conocer cabalmente nuestras leyes, para comentar, dialogar y hasta discutir con solidez.
Ya lo dijo esa eminencia de ser humano, el alemán Albert Einstein: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.” Mientras el publicista estadounidense Michael Levine sentencia: “Cuando no se conoce personalmente a individuos de otros grupos étnicos, religiosos o culturales, es muy fácil creer cosas horribles de ellos y tenerles miedo.”
El Presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, sobre el Código de las Familias expuso : “una obra monumental, por la cantidad de saberes y experiencias que lo conforman; y por una singularidad maravillosa: convirtió el amor en ley, el afecto en ley”.
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