Entre el acero y las cuerdas
- Por Isabel Hechavarría Hernández
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Una niña fue la primera en levantarse a bailar a mi lado. No necesitó invitación ni pareció importarle que el resto del público permaneciera sentado. Bastaron los primeros compases para que comenzara a moverse, contagiada por una música que parecía imposible escuchar sin acompañarla con el cuerpo. Era la Steel Band de El Cobre, y aquella pequeña, sin proponérselo, acababa de anticipar lo que sucedería durante buena parte de la noche.
El encuentro tuvo lugar en el parque San José, como concierto de clausura de la XXXII Fiesta de la Cultura Iberoamericana. Bajo la dirección artística y general de Orestes Saavedra, la Orquesta Sinfónica de Holguín y la agrupación santiaguera protagonizaron una propuesta que buscaba reunir dos maneras de concebir la música: de un lado, la tradición sinfónica; del otro, los tambores metálicos y su inconfundible sonoridad caribeña.
Presentado como Steel Band Sinfónico, el proyecto nacía de un sueño concebido tres años atrás. Colocar dos conjuntos sobre un mismo escenario no significa necesariamente fusionarlos: para conseguirlo, sus sonoridades deben dialogar y encontrar un equilibrio en el que ninguna quede reducida a la presencia de la otra.
El Ave María abrió el programa conjunto. Los timbres metálicos aportaron una coloración particular a la composición solemne, dejando entrever las posibilidades del encuentro.
La agrupación santiaguera asumió entonces el escenario por cuenta propia con Bésame mucho, célebre bolero de la mexicana Consuelo Velázquez. La canción adquirió una personalidad distinta a través de ese sonido que por momentos parecía llegar desde debajo del agua. Las notas resonaban con una cualidad envolvente, casi submarina, que transformaba una melodía familiar sin arrebatarle su esencia.
El contraste llegó con Mambo influenciado, composición de Chucho Valdés vinculada al jazz afrocubano. La batería imprimió una fuerza particular a la interpretación, mientras los integrantes de la Steel Band se mantenían en movimiento constante. El ritmo atravesaba los cuerpos de los músicos, que parecían disfrutar tanto de lo que tocaban como quienes comenzábamos a dejarnos llevar desde el público. Un solo de bajo sobresalió también por su soltura y dominio instrumental, sin romper el diálogo con el conjunto.
La presentación reservó un espacio para reconocer la trayectoria de la Steel Band. La Casa de Iberoamérica rindió homenaje a la agrupación y a la memoria de Hermes Ramírez Silva, figura fundamental en la construcción de su identidad sonora. Hoy su hija, Yailién Ramírez Montero, continúa aquel empeño: lo que su padre soñó sigue encontrando formas de hacerse realidad. Se anunció, además, la distinción Escudo de Cuba para Ricardo Enrique Ronda Chacón.
El regreso de ambas agrupaciones con Danzón Almendra introdujo, sin embargo, una interrogante. Compuesta por Abelardo Valdés, esta referencia del danzón cubano pertenece a una tradición donde las cuerdas y la flauta ocupan lugares esenciales. Por eso parecía ofrecer un terreno propicio para explorar el encuentro con los tambores metálicos. Pero la Steel Band asumió buena parte de la interpretación mientras numerosos integrantes de la Sinfónica permanecían en silencio.
Las entradas de los vientos fueron espectaculares: aportaron energía, acentos bien definidos y una riqueza tímbrica indiscutible. Su lucimiento, no obstante, no disipó la sensación de que las cuerdas y otras familias instrumentales habían quedado al margen. No se trata de exigir que todos toquen constantemente; los silencios también forman parte de un arreglo. Pero cuando esa ausencia se prolonga durante casi toda una pieza concebida para reunir dos agrupaciones, resulta legítimo preguntarse cuánto se aprovecharon realmente sus posibilidades.
Calculadora demostró que el proyecto podía alcanzar resultados verdaderamente espectaculares. El chachachá de Rosendo Rosell, popularizado por la Orquesta Aragón, encontró en ambas agrupaciones una interpretación magnífica.
La Sinfónica desplegó toda su riqueza sonora, mientras la Steel Band respondió con igual brillantez, logrando un diálogo instrumental donde ninguna quedó relegada. Una voz masculina de la agrupación santiaguera añadió el carácter festivo que terminó de enriquecer la pieza. Aquella sí fue una fusión a la altura de lo prometido: dos conjuntos que no solo compartieron escenario, sino que supieron complementarse, conservar sus identidades y construir juntos uno de los momentos más logrados de la noche.
Sin embargo, Bacalao con pan devolvió las dudas anteriores. La pieza, vinculada al repertorio de Irakere y a su experimentación con diversas sonoridades, ofrecía otra oportunidad de integración instrumental. Una vez más, los vientos aportaron intervenciones poderosas, pero buena parte de los otros músicos permanecieron sentados, sin una participación apreciable. Era difícil no advertir el contraste entre la vitalidad del frente escénico y aquella quietud al fondo.
Quizá la propia naturaleza de los steelpans, su resonancia metálica y las exigencias del balance sonoro influyeran en la distribución de las partes. Es una posibilidad, no una explicación comprobada. Las cuerdas también ofrecen recursos melódicos, armónicos y rítmicos que merecían explorarse.
La ubicación reforzaba esa impresión: la agrupación invitada ocupaba el primer plano, mientras la Sinfónica de Holguín permanecía detrás. Aquella disposición podía obedecer a necesidades técnicas o al deseo de conceder un lugar destacado a los visitantes. Sin embargo, sumada al silencio de numerosos instrumentistas, acababa por relegar a los anfitriones tanto en lo musical como en lo visual. Recibir con respeto a quienes llegan de otra provincia no debería significar dejar en segundo plano a los nuestros. Somos profundamente holguineros, y reconocer el talento de casa también forma parte de nuestra manera de entender la cultura.
El popurrí dedicado a Los Van Van transformó el concierto en una celebración colectiva. Las canciones de Juan Formell, asociadas al songo, comenzaron a ser reconocidas apenas aparecían sus primeras frases. El público respondió cantando, aplaudiendo y levantándose de sus asientos: aquellas melodías pertenecían también a quienes las habían bailado durante años.
Ni siquiera la despedida consiguió devolver a todos a sus lugares. El cosquilleo prolongó el entusiasmo entre bailes y risas. La música había logrado que el público dejara de comportarse únicamente como espectador para convertirse también en parte del espectáculo.
Tampoco sería justo valorar aquella noche sin detenerse en sus condiciones. Llevar una orquesta sinfónica a un espacio abierto supone desafíos de amplificación, acústica y equilibrio instrumental. El sonido no siempre respondió de la mejor manera, y hubo momentos en que resultaba difícil apreciar toda la riqueza de lo que sucedía sobre el escenario.
Más allá de las dificultades técnicas, la clausura recordó el esfuerzo necesario para sostener la XXXII Fiesta de la Cultura Iberoamericana. Esta edición se ha levantado a pulso, gracias a organizadores, técnicos, artistas y trabajadores que continuaron haciendo incluso cuando los recursos los obstáculos se multiplicaban.
La Steel Band de El Cobre confirmó su personalidad sonora, dominio instrumental y una extraordinaria capacidad para contagiar entusiasmo. La Orquesta Sinfónica de Holguín, por su parte, demostró una vez más la calidad de sus músicos y su versatilidad para adentrarse en sonoridades diferentes a las habituales. Ambas agrupaciones, desde sus respectivas tradiciones, aportaron talento, sensibilidad y una manera particular de entender la música, dejando momentos en los que el acero y las cuerdas encontraron un lenguaje común capaz de conquistar al público.
Aquel sueño de tres años encontró finalmente su escenario, con caminos todavía por explorar entre el acero y las cuerdas. La Fiesta terminó entre música, aplausos y un público que se resistía a abandonar el parque San José. La cultura en Holguín sigue encontrando quien la sostenga.