Anatomía de una fractura
- Por Isabel Hechavarría Hernández
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Un cuerpo puede dividirse por el plano sagital, una isla puede partirse entre quien permanece y quien se marcha, una palabra entre aquello que nombra y aquello que deja fuera. En Región de corte, Tomás Escobar lleva el escalpelo mucho más allá de la anatomía: corta la patria, la memoria, la identidad, el lenguaje y hasta su propia condición de poeta para intentar descubrir qué permanece después de separar cada cosa de aquello que parecía completarla.
Poeta y narrador, miembro de la Asociación Hermanos Saíz, Escobar ha publicado los poemarios Una línea de mercurio (2023), La humana sombra del pez (2024) y Línea blanca (2024). Ganador del premio de poesía El árbol que silba y canta en 2023, y de los premios Calendario y Fundación de la Ciudad de Matanzas en 2025, llega a Región de corte, publicado por Ediciones La Luz, con una poesía que parece interesada no tanto en ofrecer respuestas como en someter las palabras a una especie de autopsia.
La propia estructura del libro anuncia ese procedimiento. Antes de comenzar, una frase atribuida a Mahatma Gandhi advierte que «la unidad, para ser real, debe de soportar la mayor de las tensiones sin romperse». Después vendrán el cuerpo dividido, la «LÍNEA MEDIA / CORTE SAGITAL» y, finalmente, el «CUERPO DIVIDIDO / CUERPO QUE SE UNE». No son simples títulos que organizan poemas: funcionan casi como las etapas de una operación.
Primero se reconoce la fractura, después se practica el corte y solo al final aparece la posibilidad de reconstrucción.
Desde Cuerpo ante la región de corte (I), Escobar coloca al sujeto en esa mesa imaginaria de disección: «Mi Patria está en la pérdida: esos puntos que separo y trato de unir». Después vendrán el «hombre partido a la mitad», la «lengua partida a la mitad» y la «palabra partida a la mitad». El cuerpo deja así de ser exclusivamente materia física. También puede ser territorio, idioma o pertenencia. De ahí que la división aparezca asociada continuamente al viaje, la costa, la isla, el extranjero y aquello que se abandona. La anatomía proporciona el vocabulario; la verdadera incisión ocurre en otro sitio.
Uno de los mayores aciertos del poemario está precisamente en esa capacidad para trasladar leyes aparentemente objetivas hacia territorios donde dejan de comportarse como tales. En Arquímides / Al fondo, el hablante se imagina como un cuerpo sumergido que espera la fuerza capaz de devolverlo a la superficie, solo para descubrir que «no es igual la ley en lo inmenso que en lo pequeño». La física fracasa entonces como certeza porque hay territorios interiores donde ninguna fórmula garantiza el ascenso. Algo semejante sucede cuando gravedad, fuerza, medida, distancia o materia dejan de describir fenómenos para convertirse en maneras de hablar del hombre. La ciencia no aparece como adorno intelectual: Escobar la utiliza para demostrar justamente dónde deja de ser suficiente.
Esa insuficiencia resulta todavía más evidente cuando el libro se enfrenta al lenguaje. En Uno siempre es el extranjero, una palabra aparentemente sencilla empieza a volverse sospechosa: «Palabra tremenda: extranjero, como si no bastara llamarse hombre». Poco después el sujeto sentencia: «El lenguaje, como un cáncer, divide», solo para corregirse inmediatamente: «No. No el lenguaje, sino lo humano». La rectificación importa. Región de corte desconfía continuamente de sus propias conclusiones. Dice, se corrige, vuelve a nombrar. Como si cada palabra fuese también una pequeña frontera y escribir consistiera en comprobar una y otra vez si esa frontera corresponde realmente a lo que intenta contener.
Ahí aparece una de las contradicciones más fértiles del volumen. Escobar construye su universo mediante términos precisos —incisión, glosectomía, corte sagital, fractura, disección, evisceración— mientras avanza hacia la sospecha de que nombrar con precisión no significa necesariamente comprender. En Reparación dorada llega incluso a rechazar «otro término ya empleado» y los «conceptos repetitivos de otras rupturas», hasta afirmar que «todo existe antes de que lo nombren». El libro que ha pasado tantas páginas clasificando sus heridas termina comprendiendo que la herida existía antes de encontrarle nombre.
Desde ese punto de vista, uno de los versos más breves del poemario puede ser también uno de los más reveladores: «La literatura también parte, divide, como cualquier verdugo las cabezas de la historia». No hay aquí una celebración ingenua de la escritura como salvación. La literatura puede recomponer, pero también seleccionar, simplificar y mutilar. El poeta que pretendía utilizar las palabras para unir los puntos separados descubre que su principal herramienta también posee filo.
Sin embargo, Región de corte alcanza mayor profundidad cuando esa maquinaria conceptual toca una experiencia concreta. En Moneda / Otro tipo de distancias, la reflexión sobre valor y circunstancia abandona momentáneamente la abstracción cuando aparece el «horror de la pobreza» y aquella noche compartida detrás de un cristal. En Distancia / Distanciamiento, tren, autobús y avión convierten la separación en desplazamiento físico y desembocan en una pregunta sencilla: «¿Debería volver por lo que me pertenece?». Es entonces cuando la distancia deja de ser concepto y empieza verdaderamente a doler.
Pero probablemente sea He mirado todo como a una puerta donde el proyecto del libro adquiere su dimensión más íntima. Allí aparecen «la locura de mi madre», «el nacimiento de cuerpos desconocidos» y «la incisión a mitad del cuello de mi abuela para extraer la tiroides». De pronto todo el instrumental que llevábamos páginas observando encuentra carne. La incisión deja de ser metáfora. Existe un cuello. Existe una abuela. Existe la sedación, el cáncer, una madre y un sujeto que ha convertido incluso lo familiar en «ejercicio de observación» para soportarlo.
Ese poema permite releer retrospectivamente buena parte del volumen. Quizá el hablante no utilice el lenguaje científico porque carezca de emoción, sino precisamente porque necesita una distancia desde la cual observarla. Medir, clasificar y diseccionar pueden convertirse en estrategias para mirar aquello que de otra manera resultaría insoportable. La frialdad del término médico termina revelando así su contrario: debajo de la precisión existe alguien intentando organizar el miedo.
No todos los poemas consiguen, sin embargo, realizar esa transformación con la misma fuerza. En textos como Lo imprescindible, donde «entre esto y aquello, lo otro y otra cosa» apenas queda el espacio que une y separa, la formulación conceptual ocupa casi toda la escena. Murallas termina en «tantos espacios, signos, lenguajes... Tantas cosas divididas», mientras El verdugo se reduce prácticamente a la sentencia de que la literatura también divide. Son ideas coherentes con el sistema del libro, pero algunos de esos textos funcionan mejor como piezas de unión dentro de la arquitectura general que como poemas capaces de sostener por sí solos la misma intensidad.
Ahí radica quizá la principal limitación de Región de corte: en determinados momentos el concepto llega antes que el poema. El lector comprende demasiado pronto qué relación debe establecer entre corte y separación, cuerpo y territorio, lenguaje y frontera. Cuando Escobar permite que una escena, un objeto o una experiencia encarnen esas relaciones, el resultado posee una fuerza notable; cuando el poema se limita a formularlas, queda más cerca de la demostración de una idea. La diferencia puede verse precisamente al colocar junto a una sentencia sobre la división la imagen concreta de una abuela con el cuello abierto: ambas pertenecen al mismo proyecto, pero solo una obliga al pensamiento a atravesar un cuerpo.
El propio libro parece tomar conciencia de ese riesgo. En Divide y vencerás, después de haber fragmentado cuerpos, paisajes y territorios, el hablante se pregunta: «¿Qué otra cosa puedo dividir? Ya todo es partícula», y rechaza finalmente convertirse en su propio enemigo. «En realidad, no es el paisaje quien se parte». La frase modifica el sentido del poemario. Después de buscar durante páginas la región exacta del corte, comienza a sospechar que aquello que se ha partido todo el tiempo quizá sea la mirada.
Por eso el tercer movimiento no intenta regresar ingenuamente al estado anterior. Un cuerpo reparado no es un cuerpo que nunca se rompió. Cuando Cuerpo ante la región de corte (III) afirma que «la mitad no es mitad, sino otro cuerpo», habla ya de «lengua transformada» y reconoce haberlo intentado «todo partido a la mitad» y «todo unido de alguna forma». La unidad final no cancela la fractura: aprende a existir después de ella.
También cambia entonces la relación con las palabras. En La trascendencia, Escobar escribe que estas «construyen a su forma una casa donde habita la fragilidad» y termina preguntándose «Trascender, entonces, para qué». En Lo único que quedaba, el sujeto reconoce que se ha «amparado en el lenguaje» mientras permanece inmóvil después de haber soñado con marcharse: entre decir y hacer existe otra fractura. La escritura ya no aparece como instrumento capaz de resolverlo todo. Apenas permite contemplar aquello que permanece.
Región de corte es, en ese sentido, un poemario menos interesado en la herida que en la operación intelectual que realizamos alrededor de ella. Qué nombre le ponemos. Por dónde la dividimos. Qué parte consideramos útil. Qué dejamos atrás. Qué creemos que pertenece a un cuerpo, una patria o una identidad. Su mayor virtud está en haber convertido esa pregunta en estructura: el libro comienza partido y necesita atravesar su propio corte antes de imaginar una unión.
Sus mejores poemas aparecen cuando Tomás Escobar permite que la exactitud de su vocabulario choque contra aquello que no puede medirse: una madre, una abuela, la pobreza, la distancia, el miedo a marcharse o la imposibilidad de saber qué pertenece verdaderamente a uno. En otros momentos, la arquitectura conceptual resulta tan visible que el poema parece existir para confirmar aquello que el libro ya había demostrado. Pero incluso esa tensión pertenece a su pregunta fundamental: cuánto puede explicarse antes de que explicar se convierta también en otra manera de cortar.
Tal vez por eso Región de corte termina llegando a un sitio muy distinto del que parecía anunciar. Al principio, dividir era una forma de conocer. Al final, conocer exige también aprender a unir. Entre ambos extremos queda el lenguaje, esa navaja contradictoria que abre el cuerpo para observarlo y después intenta, con las mismas manos, cerrar la herida.