¿Y cómo lo hizo?
- Por Isabel Hechavarría Hernández / Estudiante de Periodismo
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Cuando cumplí ocho años, esperaba con expectativa al Mago Manuel. No recuerdo con exactitud todos los regalos de aquel cumpleaños ni el orden en que llegaron las personas, pero sí una escena que todavía permanece intacta: una carta elevándose sola dentro de una copa, mientras todos los niños mirábamos como si en ese pequeño movimiento se estuviera abriendo una grieta en la realidad. La magia apareció primero en los ojos de los otros. En los de mis amiguitos, en los de los adultos que fingían entender, en los míos. Había ruido, vasitos plásticos, dulces, risas, esa agitación que tienen las fiestas infantiles. Entonces el mago llamó a mi madrina.
—¿Usted cómo se llama?
—Indira.
—A ver, Indira, dibuja aquí un pez.
Le dio un plumón y un papelito. Mi madrina dibujó algo que, siendo generosos, podía pertenecer al reino animal. Cuando se lo entregó, él lo miró con esa seriedad.
—Indira, ¿qué es esto? ¿Un perro? Bueno, seguro que en el corazón es un pez. Vamos a ver.
Enrolló el papel, lo viró sobre un vaso y, de la nada, apareció un goldfish. Mucho tiempo después, al entrevistar a Manuel Alberto Mola Rodríguez, entendí que aquella escena contenía varias claves de su trabajo.
“En pocas palabras, el mago es un artista”, asegura. “Mi sensación es que un mago no es solo un mago durante el tiempo que está en escena. Un mago lo es todo el tiempo: desde que se despierta, a lo largo del día y hasta que se va a dormir. Entonces, ojalá tenga sueños mágicos para luego hacerlos realidad”.
La frase podría parecer romántica, pero en su historia tiene un peso concreto. Su formación no ocurrió dentro de una escuela diseñada para conducirlo. No hubo una institución esperándolo con todos los materiales, ni una ruta clara.
“Soy de formación autodidacta. No fui a Hogwarts”, dice, y la broma permite entrar en una zona más seria. “No tenía el acceso a internet que hay hoy en día, no pude matricularme en la Escuela Nacional de Circo. Digo con orgullo hoy que soy mago porque fue el resultado de horas de ensayos, de buscar los pocos libros a los que en ese momento tuve acceso, de insistir en un mundo de secretos hasta dentro del mismo gremio, de agradecerle a los que sí me abrieron sus puertas, de escuchar muchos no y sobreponerme a ellos”.
Un número puede estar perfectamente ejecutado y, sin embargo, no producir nada. Puede ser limpio, correcto, impecable, y morir en la frialdad. Manuel Alberto parece saber que el secreto más sofisticado necesita una forma de presentación que lo vuelva experiencia.
“Considero que la magia debe ser, sobre todo, entretenida, visual, sencilla y sin complicaciones. Magia directa que golpee en frío. El mago debe ser, primero y ante todo, un animador. No importa qué perfección alcancen sus pases y movimientos —y no se confundan: deben ser perfectos—, si no es ameno y entretenido, matará su magia”.
El proceso creativo, en su caso, nace trabajando. Una ilusión no se elabora únicamente en abstracto; se prueba con objetos, mecanismos, música, luces, cuerpos, espacios. Si algún detalle se quiebra, él lo sabe.
“Si hay un fallo o un error, aunque el público no sea capaz de identificarlo, automáticamente el mago sabe que debe mejorar o cambiar. Crear una nueva forma de lograr ese efecto, reducir el tamaño de la ilusión si es preciso, actualizar el repertorio en los tiempos que corren, retroalimentarse de lo que sucede en los escenarios internacionales para darle al público lo mejor, convertir una rutina clásica en algo novedoso ante los ojos de sus espectadores”.
La magia se vuelve una práctica de ajuste permanente. Su eficacia depende de una paradoja: trabajar mucho para que el resultado parezca fácil. Manuel Alberto suele responder a esa idea con una frase de uno de sus referentes, David Copperfield: “Los grandes prestidigitadores a menudo hacen que la magia parezca fácil, pero esta actuación, aparentemente sin esfuerzo, es quizás su mayor ilusión. En realidad, la magia asombrosa es a menudo el resultado de una intensa dedicación, perseverancia y dolor”.
Dentro de su trabajo, el mentalismo ocupa un espacio particular. Es una de las zonas más complejas y, al mismo tiempo, una de las más propensas al malentendido.
“Es una de las ramas más difíciles dentro de este arte místico, incluso para muchos colegas. Muy pocos magos logran entender el verdadero arte del mentalismo, que no radica en leer las mentes, sino en tocar corazones y despertar la imaginación, ayudando a otros a descubrir la magia oculta dentro de sí mismos”.
El mentalista no aparece como alguien que domina al otro, sino como un mediador. No se trata de vencer al público, sino de conducirlo hacia una experiencia íntima de extrañeza. La magia no resuelve la vida, pero puede suspenderla.
En esa relación con el público, los festivales han sido decisivos. Manuel Alberto recuerda su primera visita al Festival Internacional de Magia Ánfora, en Las Tunas, en 2013, como una experiencia difícil de reducir a una competencia.
“Disfrutar de ese ambiente es indescriptible para mí aún hoy. Toda esa ciudad en función de tal acontecimiento, las colas interminables de los tuneros para comprar las entradas, ver reunidos tantos magos, asistentes, bailarines, payasos… La camaradería, amén de ser el evento competitivo más importante del país, un espacio donde se unen varias generaciones de artistas mágicos, los que marcaron generaciones y los nuevos pilares, aficionados eternos a la Reina de las Artes”.
Su paso por Ánfora ha estado acompañado por premios y reconocimientos: primera mención en magia de cerca en 2016, segundo lugar en mentalismo en 2017, primer lugar en esa especialidad en 2018 y tercer lugar en 2019. También recibió allí el otorgamiento oficial de la membresía de la FISM (Federación Internacional de Sociedades Mágicas).
“Los festivales son necesarios para el desarrollo de la magia en Cuba. Es donde las ideas florecen, los maestros te enseñan y corrigen o simplemente te dan su punto de vista. Allí descubres que el mejor no es el que más números de magia sabe, sino el que mejor presenta sus actos”.
El presente de Manuel Alberto también está atravesado por una proyección colectiva. Sus aspiraciones no terminan en el escenario, sino que buscan abrir camino para la magia en Holguín y en el resto del país.
“En primer lugar, a toda Cuba: que se conozca la compañía de entretenimiento AbraKdabrA; que la palabra AbraKdabrA se escuche y se repita en los lugares más singulares y lejanos de mi país. Después, crear un festival internacional en la ciudad de Holguín donde se agrupen magos nacionales e internacionales y que la ciudad se llene de magia, para que el público holguinero disfrute de este milenario arte. Y, finalmente, tener una sede permanente de presentación, montaje y ensayo para mi compañía, pero también para los otros magos, telépatas y actores de la provincia. Sería la Casa de la Magia de la ciudad”.
Un espacio donde la magia no dependa únicamente de funciones aisladas, sino de procesos. Porque la magia que el público recibe como juego está hecha precisamente de eso: de ensayo. La sonrisa que aparece frente al efecto depende de una estructura que permanece oculta. El truco, si funciona, deja de ser truco y se convierte en recuerdo.
Quizás por eso todavía conservo a Rodrigo, el goldfish, en la pecera de mi casa. La magia de Manuel Alberto Mola Rodríguez no cabe en la idea estrecha del ilusión. Es memoria, disciplina, humor, riesgo, imaginación y deseo de comunidad. Es una forma de mirar y de hacer mirar. Una manera de recordarnos que todavía existe espacio para la duda, para la risa y para esa pregunta que, cuando aparece, devuelve algo de infancia:
¿Y cómo lo hizo?