¡Santa Palabra!
- Por Isabel Hechavarría Hernández
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Hay coberturas periodísticas que uno calcula más o menos desde el principio. Esta no fue una de ellas. Sabía que el Festival de Música con Humor ocuparía buena parte de mi semana, también sabía que mi compañera andaba inmersa en los apuros finales de una tesis y que recaería sobre mí. Lo que no sabía era que terminaría persiguiendo conciertos, caricaturas, niños y hasta el fantasma bienhumorado de El Guayabero por media ciudad. Porque una cosa es cubrir un evento cultural y otra muy distinta es meterse, sin darse cuenta, dentro de una guaracha.
La aventura comenzó con el recorrido cultural desde la Casa de la Trova hasta los alrededores del parque Calixto García. El sol estaba tan fuerte que parecía estar cobrando cuentas pendientes con la humanidad. Rajaba piedras, derretía pensamientos y cocinaba periodistas a fuego lento, sin sal y sin misericordia. Sin embargo, allí iban los artistas, bailando como si el calor fuera apenas un comentario malintencionado. El sudor les corría por la cara, por el cuello y probablemente hasta por el alma, pero ninguno perdía la sonrisa. Un zanquero avanzaba entre las personas mientras el Septeto Zenda ponía a cantar a Holguín con Marieta. Y cuando Marieta se mete en el cuerpo de un pueblo, ya se sabe: la cordura pide permiso y se va.
Y si alguien dudaba de que el humor también puede colgarse en una pared, bastaba acercarse al conversatorio Piensa en el Humor, realizado en el Centro Provincial de Arte. Allí, Ronel González, Onelio Escalona y Jorge García demostraron que una caricatura puede arrancar tantas sonrisas como un buen chiste y, de paso, hacernos pensar un poco.
La jornada continuó en el Museo Provincial de Historia La Periquera con la exposición del tres perteneciente a Faustino Orama Osorio. El investigador Zenovio Hernández convirtió la presentación en una clase magistral sobre la vida y obra del Guayabero, mientras Deivis, integrante de Los Guayaberos, puso la nota musical que terminó de conectar historia y sentimiento.
Después llegó el concierto de la Banda Provincial dedicado a la obra del célebre trovador. No había una multitud gigantesca, es verdad, pero la música tiene una habilidad extraordinaria para secuestrar personas sin pedir rescate. Los que cruzaban el parque terminaban acercándose poco a poco.
Al día siguiente los niños tomaron la ciudad. El espectáculo El Camarón Encantado, del proyecto Abrakadabra y Magia de los Sueños, convirtió el lugar en una fábrica de carcajadas. Los pequeños reían sin control. Los payasos hacían de las suyas. El mago Manuel desaparecía cosas con tanta naturalidad que por un momento pensé pedirle que desapareciera también algunos problemas nacionales, aunque fuera por cinco minutos y sin devolución.
Y lo peor es que terminé riéndome yo. Porque uno puede llegar con libreta, cámara y teléfono, aparentando la mayor seriedad del mundo, pero ante un buen chiste sigue siendo humano.
Más tarde Los Guayaberos repartieron alegría entre los adultos como quien reparte café recién colado. Allí recordé que la música tiene poderes extraños: rejuvenece rodillas, cura timideces y convence a personas que juraban, por la memoria de todos sus antepasados, que no iban a bailar ni aunque les pusieran una orquesta en la sala.
La moda también tuvo su espacio con la presentación de la Compañía Fantasía y la pasarela Mi Guayabero, donde desfilaron las prendas premiadas en el concurso del Fondo de Bienes Culturales. Guayaberas elegantes, creativas y orgullosamente cubanas desfilaron ante un público que descubrió que la tradición también sabe lucirse sobre una pasarela, sacar pecho y decir: aquí estoy yo.
Pero la verdadera locura llegó entrada la noche.
Había apagón. Como buenos cubanos, nadie se sorprendió. Pero cuando Tony apareció, el apagón pasó inmediatamente a segundo plano. Subió al escenario dispuesto a rendir homenaje al mayor de los juglares. Recordé que hacía apenas unas horas le había robado unos minutos de su tiempo para hacerle unas preguntas y me dijo que admiraba profundamente a El Guayabero y que la gente llevaba años comparándolos porque ambos eran “negros y feos”. Tony explicó que estaba allí para honrar un legado, pero también para defender algo que considera imprescindible: la buena cultura.
Cuando comenzó a sonar Científicamente Negro, el público se convirtió en un enorme coro desafinado, pero feliz. Yo misma olvidé durante unos minutos que estaba trabajando. La cámara seguía en mis manos, sí, pero mi atención estaba bailando por otro lado, bastante lejos de cualquier responsabilidad laboral.
Después llegó La Guaravenganza.
—¡Señores, esto no tiene doble sentido de na'! —sonó desde el escenario.
Y acto seguido cientos de personas respondieron al unísono:
—¡Y si yo me vengo, tú te vengarás!
El Guayabero seguramente se estaba riendo desde alguna nube. Y hablando de nubes, hasta ellas quisieron participar. Comenzó a caer una llovizna ligera, un chinchineo de esos que normalmente dispersan a cualquiera.
Pero aquella gente no se movió. Porque todavía faltaba La Choza de Chacho y Chicha y eso era asunto serio. Las peticiones del público terminaron imponiéndose y cuando la canción comenzó a sonar, más personas se levantaron a bailar. Parecía que Holguín entero había firmado un pacto temporal con la felicidad.
Al día siguiente los estudiantes del Alba participaron en el concurso de caricaturas El Guayabero sigue siendo inspiración. Ver aquellas manos correr sobre las cartulinas resultaba hipnótico. Orejas exageradas, sombreros imposibles, pies desproporcionados y sonrisas iban apareciendo poco a poco, demostrando que el humor gráfico sigue encontrando nuevas generaciones de cómplices.
También resultó especialmente emotivo el encuentro de Tony Ávila en la Escuela Profesional de Música José María Ochoa. Junto a él participaron personalidades de la cultura como Gastón Allen, Alfonso Bandera, Cabreja y directivos del sector cultural.
En la noche la gala de clausura reunió sobre el escenario a Los Guayaberos, la Orquesta Hermanos Avilés, Golden Voice, la Compañía de Baile Cabaret Nocturno, los solistas Marien Hernández y Luis Alberto Góngora y la Compañía Fantasía. Aquello era casi un inventario de talento, pero con música, luces y más sabor que una sobremesa cubana.
El momento cumbre de la noche llegó cuando Tony Ávila subió al escenario para unirse a Los Guayaberos. Bastaron unos segundos para que el público comprendiera que estaba presenciando algo más que una colaboración musical. Mientras las cuerdas marcaban el compás y la percusión invitaba al movimiento, Tony se integró como uno más del grupo, cantando, bromeando y compartiendo escenario con una complicidad que parecía construida durante años.
Dicen que la música amansa las penas y que el humor ayuda a espantarlas. Si eso es verdad, Holguín quedó vacunado por unos cuantos días. Cuando todo terminó, quedó la sensación de que el Festival de Música con Humor no solo celebró canciones y artistas. Celebró esa rara capacidad que tenemos los cubanos para reírnos de la vida incluso cuando insiste en ponerse seria. El Guayabero lo demostró durante décadas: una buena carcajada puede ser tan necesaria como una buena canción ¡Santa Palabra!