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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Jue, 19 Ene 2017 - 12:23

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Página 8
Una buena organización

L a falta de organización en cualquier acción o espacio va directo a la anarquía, de ahí la importancia de mantener el orden en las cosas, por la peligrosidad de tener una sociedad caótica, donde no existan leyes, moral ni valores.

Juventud y experiencia deben de estar unidas

En una edición del periódico Juventud Rebelde, en marzo último, hay una información sobre los activos desarrollados entre la UJC y el MINAGRIC, cuyo epígrafe enfatiza la necesidad de aprovechar los conocimientos de quienes peinan canas con el aporte de los más bisoños.

El patriotismo

Al igual que sentimos orgullo por pertenecer a una familia, también, podemos sentir un especial afecto por nuestro país de origen, a eso llamamos patriotismo, es decir, el pensamiento vinculante de un individuo con su Patria.

Valores humanos del trabajo

Felicito a los padres que educan a sus hijos en los valores de la responsabilidad y el compromiso.
Liberar de sus obligaciones a los descendientes, con la conocida frase de “lo hago, para que no pasen dificultades”, es la peor manera de formarlos. Evitarles esfuerzos no es quererlos más, sino contribuir a inutilizarlos.
Como tampoco es más grande el amor hacia ellos, si les damos una exagerada cantidad de dinero para que lo gasten sin control alguno, con el pobre pensamiento de “para eso tiene, deja que se luzca”.
Los progenitores que actúan así, aparte del peligro al que exponen a sus muchachos, afianzan en ellos el egoísmo, pero si no se lo pueden dar un día, están expuestos a recibir maltratos verbales y hasta físicos.
Nos quejamos después de su holgazanería o desconsideración, pero eso lo debemos a nosotros con una crianza tan súper protectora.
Por eso admiro a quienes, aunque posean buen nivel de vida, gracias a sus empeños, les solicitan su apoyo y les hacen ver que para tener se necesita sacrificio.
Niños, adolescentes y jóvenes deben de saber todas las faenas de mamá y papá en su lucha cotidiana, para avanzar y nunca eludir la parte que les corresponde en esas labores, como forma de colaborar en el hogar.
Enseñarlos a esforzarse, puede tener sus escollos, porque si los niños nos escuchan quejarnos, porque debemos ir a trabajar, le hacemos ver nuestra tarea como un fastidio y no como un estimulo.
Con esa actitud paternalista, los chicos crecen con la creencia de ser merecedores de todo, y no hacen nada para obtenerlo, o en el peor de los casos “buscar la vía fácil” para lograrlo.
Es bueno hacerles comprender las virtudes y valores humanos del trabajo, pues los prepraramos para cuando tengan que afrontar similares tareas.
Los vagos son consecuencia de una deformación de la laboriosidad en los menores, por lo cual debemos insistir en la importancia de buscar su colaboración, porque al mantenerlos en constante actividad, adquieren una mayor capacidad de esfuerzo, los hacemos más responsables y ordenados, conscientes de que la laboriosidad no es un valor para guardarse en un escaparate, sino un medio para ser más útiles y participativos en todo lugar.

Apartemos las malas prácticas

La introducción de malas prácticas en cualquier esfera de la vida puede acabar con toda la obra buena acumulada, de ahí la importancia de no permitir que se cuelen hábitos negativos dentro del ABC de oficios o profesiones.

Uno de los síntomas, por el cual el contexto se va llenando de hábitos nocivos y desplaza lo correcto, es la permisibilidad, falta de exigencia y la dejadez.

En un centro de trabajo, por ejemplo, comienza a resquebrajarse la puntualidad conquistada, cuando un miembro del colectivo llega tarde y no se le dice nada, entonces, establece como norma empezar la jornada laboral a la hora que le convenga, seguro de no recibir amonestación alguna.

Así ocurre con la organización, el cumplimiento de un plan, la realización de reuniones, el respeto a los superiores, la limpieza, el orden o el cuidado de los recursos, entre otros. De ese modo, lo que antes funcionaba apropiadamente, se transforma en un relajo desmotivante.

No encierra mérito alguno el hacer diferente y solo para obtener puntos con la innovación, si con lo novedoso los resultados son desastrosos.

Resulta lamentable que quienes introducen métodos fallidos en sus desempeños, lo hacen muchas veces por desconocimiento y creen estar “fuera de serie”, cuando solo reinventan de manera deficiente lo ya creado.

En un negocio, es fatídico decir siempre que no ante cualquier pedido. Que los productos no estarán a tiempo, no se puede resolver, no están disponibles o responder sencillamente que no, a secas, es una práctica que terminará por alejar a los clientes.

Lo correcto es dar respuestas con amabilidad y hacer sentir satisfechas a las personas con los productos o servicios adquiridos, evidenciándole el interés por ayudarlo.

Dejar a los niños comer frente al televisor es una costumbre pésima, como lo es también permitir transgredir la vigilancia de un lugar, al incumplir normas establecidas o autorizar a unos y prohibir a otros las mismas cosas.

Más de la mitad de las cosas fallan porque se introducen ideas y hechos totalmente errados. Primero son casuales y después se convierten en costumbre.

Sería bueno, antes de aplicar algo nuevo, estudiar, apreciar los pro y los contras, así como medir consecuencias, porque si los frutos son negativos y entorpecen el funcionamiento, estamos introduciendo malos hábitos sin quererlo.
 


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