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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Sáb, 18 Nov 2017 - 23:00

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Tiempo de tesis

Luis-Periche-Universidad-de.jpgEl fin de curso “huele” a tesis. Otros universitarios, de primero a cuarto años, van cerrando el semestre y carreras como la del “mejor oficio del mundo”, se aprestan a sus prácticas laborales, con el “caché” del carné de Prensa y grandes deseos de cambiar el mundo.

Para los de Quinto, a los que no les corresponden pruebas estatales, es tiempo de tesis; un híbrido entre Expedientes X, Juego de Tronos y The walking deads. Una tesis logra lo que no pudo la más rigurosa dieta o cuatro años de “conteos de protección” a un alumno perezoso pero con gran potencial. La gordita pierde kilos al punto de tener que reducirle el vestido para la discusión y el otrora “barco velero” emula con Stephen Hawking. Yo, como tutor, tengo vocación de puerto…

Lo primero es seleccionar el tema. Estos escogen temáticas complicadas y diseñan complejas metodologías, a las que se aplican como si fueran a “luchar” el Premio Nobel. Aquellos prefieren asuntos normales donde puedan sentirse cómodos, porque a fin de cuentas “es solo un ejercicio académico”. Los de más allá, pifian al elegir y deben cambiar de tema, a veces más de una vez. Sin embargo, en los tres casos sucumben pastillas para los nervios, el café para no dormir y hasta comienzan a comprender las paradojas de la Física acerca del Tiempo.

Entre ellos, están los invisibles, que desaparecen durante los meses reglamentarios, durante los cuales el pobre tutor se pregunta si finalmente entregarán y discutirán sus trabajos a tiempo, o si fueron abducidos por una nave alienígena. Generalmente, aparecen dos días antes de entregar el trabajo, con una sonrisa en los labios y seguros de que el profesor, con su varita mágica, hará que la calabaza se convierta en carroza…

Por el contrario, otros se vuelven sombras del tutor; le acosan, le persiguen a todas partes, lo telefonean a cualquier hora, incluidas la de la madrugada; invaden sus espacios… tanto, que el pobre “profe” se ve tentado a solicitar, para ellos, una orden de alejamiento. Estos elaboran numerosas versiones de su investigación, que van guardando celosamente en varios –porque nunca se sabe- dispositivos USB; queman discos, imprimen copias, hacen resúmenes exquisitos… Se han registrado, incluso, casos de levitación.

La familia se concentra, generalmente, en asuntos más terrenales: qué usará el diplomante durante la defensa, que vestirá para su graduación; cuántos parientes participarán en ambos actos, qué se van a poner… y lo más complicado: ¡el brindis!, que a veces lleva más preparativos que el aria homónima en la ópera La Traviata. Aquí se invertirán, sin dudarlo, los ahorros de la familia, incluido aquel cerdo destinado originalmente para el fin de año… ¡Total, que se nos hace ingeniero el muchacho!

Una discusión de tesis que se respete, lleva brindis, o bufé como se dice ahora, según la más rancia tradición holguinera. En este tema se aplican casi siempre la mamá, la abuela o una tía que sabe dónde componen un bufé chic y económico, y hay que encargarlo con tiempo. Luego, en los pasillos, escuchas comentarios de esta guisa: “Tesis buena, la de mengano, que dieron champán y jamón viking”.

Llegado el momente cumbre, el diplomante es todo nervios, sobre todo cuando descubre que el power point no abre, que alguien olvidó traer el video beam, que se despegaron los zapatos o que otra diplomante viste un vestido idéntico al suyo; aunque una vecina, que es “mula”, se lo vendió como exclusivo...

Como en los mejores duelos, el diplomante contempla al hiératico tribunal, al casi nunca simpático oponente, el rostro plácido del tutor, que irá cambiando a medida que avance la exposición… los compañeros, que trajeron su botellita; la familia al borde de un ataque de nervios.

Al final, cuando bañado en sudor y candidato al Párkinson, escuche su nota, le parecerá imposible que todo haya terminado y dejará que la emoción se convierta en lágrimas compartidas por la pareja, los compañeros más sentimentales, la mamá, la abuela… El papá no, ese no llora, pero le ha caído una pajita, en cada ojo, que le hacen lagrimear.

El día terminará en fiesta o comida familiar, o en salida masiva, o en una botella llorona, compartida con esos “hermanos a plazo fijo” que son los compañeros de estudios, aquellos que al cabo de un lustro han desaparecido de nuestras vidas.

El tiempo pasará inexorable, pero el ingeniero, el médico, el licenciado, recordarán con ternura aquel lejano día de defender su tesis.


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