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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 24 Jul 2017 - 11:54

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D’Okokán y “el callejón de Duany”.

Cada mañana me despiertan el toque de tambor y los metales. Les sigue el compás de pies, deslizándose acompasadamente por el asfalto. Alguna vez sonaron caracoles en ese mínimo espacio que algunos han bautizado como “el callejón de Duany”. Dice el refrán que “cuando no hay perro, se montea con gato”; por eso, la compañía folclórica D’Okokán, a falta de local apropiado, ensaya en la calle.

Veintitrés años suma la agrupación fundada y dirigida por Armando Duany, que demuestra con su trabajo diario que la africanidad y, por extensión, lo afroamericano, son más que tambor y trapos rojos.

El repertorio histórico de ese grupo músico-danzario puede colmar las expectativas del más exigente, pues constituye una verdadera exploración en las raíces de la música caribeña, bien entroncada con el África de los imperios prístinos.

Según el escritor inglés Robert Graves, solo experimentar reacciones físicas revela la presencia de la musa en la obra de arte. Quien participa en una presentación de D’Okokán, disfruta de una danza gozada por los ejecutantes y no una repetición fría, mecánica o virtuosa de movimientos, de los signos que hacen reconocible un ritmo. Viendo, escuchando… el espectador se sumerge en las esencias y reafirma que el arte no reproduce, sino que asimila y estiliza las fuentes de la vida.

El coreógrafo, bailarín y músico santiaguero -ya holguinero por adopción- ha confesado que en la preparación de sus coreografías y el montaje de sus espectáculos mezcla en partes iguales elementos teatrales, de danza moderna, ballet y folclor, sin que se pierda el componente auténtico. No en vano coleccionan aplausos y lauros, de multitudes y especialistas, en la Fiesta del Fuego santiaguera (algo así como bailar en casa del trompo), el Festival Olorum camagüeyano y en espacios abiertos de Guanabacoa, por citar algunos.

Recuerdo su estampa haitiana, toda gracia y sensualidad, y la campesina, con un modo peculiar de hacer que en nada se parece a esos monótonos balanceos a que nos tienen acostumbrados otras agrupaciones “campesinas”, con el mismo papalote y la misma caringa…

Hay una espontaneidad particular en su modo de asumir la música y la danza, de aprovechar el espacio escénico y proyectarse con organicidad, una incorporación del arte y un disfrute de lo que se hace, que se trasmite al público y le hace vibrar. Igualmente, es encomiable el modo de interactuar con los espectadores, con un desenfado auténticamente caribeño.

Por eso, su auténtica conga oriental es algo así como una locomotora en el escenario y sus chancletas, en el baile de ese nombre, suenan como ametralladoras...

Actualmente, son una compañía renovada, que aprende el repertorio histórico del grupo y se encuentra en proceso de montaje de los acostumbrados paseos y comparsas que, en el Carnaval holguinero, les hacen ganar premios cada año; especialmente la comparsa infantil, que convierte en artistas a mis pequeños vecinos del reparto Villa Nueva.

No en vano acaba de recibir los premios municipal y provincial de Cultura Comunitaria, aunque casi no la veamos en los espacios escénicos holguineros, esa compañía que me llena de sonido la calle cada día y que se llama D’Okokán, que en lengua yoruba quiere decir “de corazón”.


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