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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 16 Ene 2017 - 15:49

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Pérdida de valores y modales

Me la tiró en los pies, salpicándome el pantalón. Respondió a mi azoro con mirada retadora. Yo acababa de bajar, aturdido, de uno de esos gimnasios ecológicos llamados Diana, luego de hacer el viaje casi interprovincial entre el Clínico-Quirúrgico y el parque Las Flores. Así que el reto me supo a ensañamiento del destino.

Era una de esas mujeres que confunden “remandingo” con elegancia, vestía al último grito de la moda en el “eje fashion” Quito-Panamá-Moscú y llevaba encima, entre acero quirúrgico y oro “golfi”, más brillo que la carroza de Bucanero durante los carnavales de Holguín. Arrojó la lata vacía a la cuneta con desdén y arrogancia, sabiéndose a una cuadra del parque Calixto e ignorando la bien ganada fama de ciudad más limpia de Cuba, que suele ostentar Holguín.

Días antes, desde la ventanilla de un ómnibus en marcha, había brotado una “acrílica” manecita para dejar caer, con bulla de cencerro, otra lata medio vacía al pavimento, donde fue aplastada por sucesivos vehículos, que la dejaron lista para Materia Prima. La “escena del crimen” fue la calle Aricochea, entre Libertad y Maceo. Sucede a diario, incluso en las cercanías de papeleras y contenedores para basura, y el sonido de los envases, al caer en el pavimento, es vulgar, grosero, ofensivo…

No recuerdo si existen regulaciones sobre la ingestión de alimentos en los ómnibus de transporte público, pero hace años, los choferes impedían abordar los carros comiendo o bebiendo. Sin embargo, diariamente este redactor tiene que volverse contorsionista para esquivar los chorreantes “copelitas” y pizzas en las dos o tres rutas de guagua que suele utilizar. Los restos de helado derretido, queso fundido y grasa van quedando como huella indeleble en tubos, asientos y la ropa de otros pasajeros.

Esta otra es de película de sábado: una pareja conversa animadamente mientras se desplaza por el atestado pasillo del bus. Ella le dice que no se preocupe: lo que tiene es varicela, un poco incómoda por el calor; le recomienda que tome dipirona para el malestar y evite rascarse y cargar al bebé. Miro espantado cómo se instalan a unos centímetros de mí, donde conversan animadamente. Trato que mi brazo no roce el del hombre, a pesar de las sacudidas. “¡Qué alivio, pensé que era dengue!”, exclama él.

En el quiosco no hay muchas ofertas y el cliente desea comprar caramelos para el dolor de garganta. Como no conoce de marcas, duda entre los sabores de menta y eucalipto. Llama cortésmente a la empleada, que se acerca con esa mezcla de insolencia e indolencia que cultivan algunos empleados públicos. El cliente es correcto, no le dice mima, niña ni mi vida, sino señorita. Se excusa por no conocer el producto, pregunta por el apropiado antes de comprarlo. “Yo no chupo mentiplú”, muge ella, da la espalda y se va al fondo del quiosco. Al cliente se le quitan los deseos de comprar y piensa en la frase que erróneamente se atribuye a El Quijote, aunque viene de una obra más antigua, El cantar de Mio Cid: “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”.

La mujer grita y suplica que no la dejen abajo, que la hora, que un turno médico, que ya han pasado dos sin recoger pasajeros, que chófer por tu madre. La puerta trasera se abre para que monte un aluvión de personas sudadas, anhelantes, luchadoras por su “espacio vital” sobre la Diana. Antes de arrancar, el conductor reclama a los del fondo que abonen el pasaje. La frágil ovejita se vuelve lobo para aullar: “Tanto lío por el peso’e p… No voy a pagar ni p… Si quieres ven a buscarlo”.

Sirvan estos ejemplos para ilustrar la preocupación de quien redacta, por la pérdida paulatina de valores y modales, la ignorancia de las normas de convivencia y civismo en algunas personas, con independencia de su edad, profesión, sexo o estilos de vida. “El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos”, escribió Martí, que lo dijo todo, o casi todo y también habló de la utilidad de la virtud, aunque esta resulte, en ciertos círculos, “un estilo que el mundo va perdiendo”. De nosotros depende.


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2 Comentarios

  • El "Caos" periodista. Ya nos adaptamos a vivir así desde hace bastante tiempo lo cual no quiere decir que estemos "re-signados" y ¿de quién es la culpa? evidentemente de todos pero específicamente de los que les "pagan" para que hechos como estos no ocurran. El estado cubano ha ido “desmontando” uno a uno los mecanismos “reales” de control y educación social. Hay un vacío de “poder” palpable en todas las esferas de nuestra sociedad siendo el de la cultura el más evidente y el más peligroso. mientras no se “dignifique” materialmente las esferas de nuestra sociedad que producen valores espirituales, mientras las instituciones no se ocupen de aquello que llamamos “Misión” dentro de nuestra sociedad, no podremos revertir el caos social que se acrecienta con la estrechez de recursos materiales.
  • ruben rodrigues leo mucho sus articulos admiro su trabajo y permitame en mi pregunta parafrsear el final de su tercer parrafo .que hacen nuestras intituciones encargadas de mantener la diciplina publica todo lo tienen legislado a la hora de hablar sobre todo cuando es de otros.espero no ser tan bulgar y grosero como lo que usted relata .no tiene que publicarme pero estoy de acuerdo se a perdido la verguenza esperando que sea la escuela quien eduque las personas

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