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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 16 Ene 2017 - 15:49

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Concierto de Navidad en la catedral San Isidoro

Se lo contó su amigo Boligán cuando ya lamentaba la omisión: habría concierto de Navidad en la Catedral, el mismo del Teatro días antes, con la Orquesta Sinfónica, el Orfeón de Holguín y estudiantes del Conservatorio de Música José María Ochoa. Al del “Suñol” no había ido porque la fecha era más de cena en familia, para celebrar con azúcar y colesterol un suceso de hace 2 mil años.

Un rato antes había sufrido el piso dañado y la asimetría de los nuevos bancos del parque Calixto García –con añoranza por los granitos de la piazza pensada por el italiano Giusseppe Pecorelli, cuyos descendientes todavía caminan estas calles-, y el éxodo de las papeleras hizo al grupo de amigos recorrer el centro, cargados de vacíos potes de helado y envolturas de golosinas.

Atraviesan el parque en diagonal y pasan junto a la estatua marmórea de Calixto, a la que un despistado orador calificó alguna vez de “ecuestre”, sabrosa anécdota en los anales del disparate local. El parque bulle aunque es temprano todavía; al filo de las nueve de la noche apenas se podrá caminar entre tanto chico a la moda, en plan Saturday night fever, tanto romance en ciernes. Zapatos y bolsos retan las leyes de la física y la ortopedia. Luna dibujada sobre el cielo verde por las luces y fresca brisa del valle de las delicias completan la escena.

Olor a madera y gente endomingada, jubilosa; músicos que ensayan en los laterales, gorgoritos y trinos de tenor, chicas que revisan el maquillaje mientras afinan el instrumento. Disfruta el ordenado caos sonoro de una orquesta minutos antes de un concierto: cuerdas, metales, percusión sincronizando la armonía.

Es el primer Concierto de Navidad de las agrupaciones en este espacio; y de ello se ha congratulado el obispo de Holguín, Emilio Aranguren al final, cuando agradeció a los músicos y elogió la presentación, un instante antes de que el “Aleluya” de Häendel ponga apoteósico colofón a la noche.

Pronto comienza la agrupación dirigida por Orestes Saavedra su amable programa de clásicos y melodías tradicionales. Luego del primer bloque instrumental, se le suma el Orfeón dirigido por Marylín Aldana, a quien siempre he ansiado ver interpretando a Cecilia Valdés en la zarzuela de Gonzalo Roig. Por un lateral entrará como sobrecogido, asombrado el cantante Augusto Enrique, medio de incógnito y disfrutará de pie el balanceado concierto, hasta que le hagan sitio en uno de los bancos, y la gente le mirará de reojo, las señoras sonreirán discretas y todos sentirán no oculto orgullo del culto concierto navideño.

Música de la tradición navideña, junto a piezas de Camp Kirkland, Rafael Guedes y el propio Saavedra, entre otros compositores.

Sin embargo, entre las composiciones vocales e instrumentales, ejecutadas con maestría y favorecidas por la espléndida acústica de la construcción decimonónica (sitios donde la voz y la música debían elevar los espíritus para la misteriosa comunión de las almas), se escucha a ratos en badabum-bumbum de un bicitaxi aparcado en la calle junto a la iglesia.

De la bulla invasora no se descifra letra, aunque podría ser por igual una pieza tradicional reciclada, una colección de indecencias con “enfoque de género” o la misa cantada al revés. Afortunadamente triunfan la armonía y villancicos sobre peces que beben y beben y vuelven a beber, por ver a Dios nacer… fruto de la tradición musical hispana.

El público de pie prorrumpe en aplausos. Niños corren entre los bancos y por el pasillo de la nave central; como en los conciertos, como en las celebraciones religiosas. Dejad que los niños se acerquen a mí… pero no tanto.

Termina el concierto, y la gente sale como transportada, extática. Fuera sigue atronando el bicitaxi con su bumbabumba insoportable. Como las trompetas de Josué ante los muros de Jericó, diría mi padre.


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