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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 16 Ene 2017 - 13:09

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Sembrar otro árbol

images(3).jpgLa percepción del tiempo varía con la edad. Largos como potreros lucen los días de la infancia; infinitas las clases con sus huellas de tiza; interminables las escuelas al campo, con surcos que miden kilómetros; y el verano dorado parece, como en la novela de Julio Verne, dos años de vacaciones.

Sin embargo, a medida que maduras, el tiempo se acorta y los días –literalmente- se van volando; los cumpleaños se suceden vertiginosamente, los hijos se convierten en hombres y mujeres a toda velocidad, las graduaciones de tus alumnos aumentan junto con la de tus espejuelos; aparecen los achaques y pertenecer a un “grupo de riesgo” no es deporte extremo.

Por esta fecha, repasas los buenos momentos: el amor que llegó y creció; los recién descubiertos amigos, que siempre son menos que la lista de Facebook; también recuerdas la pérdida de personas cercanas, como la maestra que te hizo amar la historia antigua, aquel anciano recio que llegó a los noventa con salud envidiable o la dulce viejecita que seguirá pasando como una amable sombra los domingos, emperifollada para misa. O aquellos que pusieron mar por medio, para convertirse en fotos y ansiedad a través de las redes sociales.

Quizás no fue el mejor año, pero existieron momentos y personas especiales que lo harán recordable; y tal vez no hicimos todo lo que podríamos hacer de acuerdo con nuestro potencial, pero realizamos lo que estuvo a nuestro alcance y no necesitamos “machacarnos” por no haber logrado grandes expectativas, pues la culpa es tremenda aguafiestas.

Para el nuevo año, aconsejo amarnos un poco más y devolver la atención o cariño que recibamos con al menos una buena acción; porque si todos depositamos una buena obra en ese hipotético “banco de favores” que es el Bien, habrá para todos un poquito más de felicidad. El universo es como un bumerán y nos manda de vuelta, a veces acrecentado, el bien o mal que hacemos.

Pero, sobre todo, me gustaría que la gente fuera un poco más optimista y no se dejara caer ante el fracaso o la frustración. Recomiendo ver la vida como mi madre, que ante mi lamento por la posible pérdida de un árbol muy querido; el gigantesco tamarindo del patio bajo cuya sombra crecimos, festejamos y lloramos la pérdida de una mascota o la partida de un ser querido; simplemente contestó: Sembraremos otro árbol.


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