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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 18 Dic 2017 - 14:42

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Ella quiere volar

Ella quiere volar de “La de los parques” a “La de todos los cubanos”. Recuerda el trauma del verano anterior, cuando salir de Holguín por vía aérea (boeing o no boeing, that is the question) era más complicado que escapar de Nueva York en el remake de La guerra de los mundos. Al final, diez pesos convertibles le permitieron viajar camuflada en un ómnibus “charter”. Catorce horas de viaje, pero junto al amor de su vida.

Pero esta vez tiene tiempo suficiente para intentar conseguir pasajes de ida y vuelta en el flamante Antonov 158 que, si no se retrasa, en una hora la desembarca en “La de todos”, luego un “almendrón” y…

Un amigo le aconseja madrugón y paciencia con la reserva: “Yo llegué a las 6 de la mañana y salí a las 4 de la tarde”. Así que se levanta temprano, se pone su mano de Orula y se encomienda a Eleggua y San Judas Tadeo.

Descubre que también a esa hora las guaguas viajan llenas, aunque sabía que estén escasos los productos de aseo. Un aliento de tiranosaurio rex la mantiene con la nariz fuera del ómnibus. Desanda el somnoliento bulevar, con la pueril esperanza de hallar poca gente. Hay un bulto de personas en los bajos de Pico Cristal. ¿Será la cola para las Novedades? No.

Pide “el último” y le confirman. Por si acaso rastrea las cinco personas anteriores: va detrás de la seria humorista (nosotros somos tres, le advierte), que va detrás de la gordita, que sigue a las señoras de mezclilla, que va detrás del señor de la camisa blanca, que marcó después de la gastronómica. No hay pérdida.

Grupos pequeños comentan sucesos locales, desde un crimen pasional hasta el pollo por pescado, del cambio climático al último “truene”, el contenido del último paquete audiovisual y el estado del transporte por ómnibus, trenes y aéreo.

Dos recién llegadas preguntan el último desde arriba, como desde un púlpito, ella levanta la mano; pero no la ven y sueltan “aquel lugar común”: “No hay nadie, entonces somos las primeras”. La gente de abajo ruge, como vitoreando un gol en el mundial de fútbol y ellas amoscadas aceptan la cruda realidad que las coloca a la cola de la cola. Por si acaso, el tropel se abalanza escaleras arriba rumbo al balcón frente a la oficina de Cubana.

Un señor asegura que él pasó la noche, mientras una mujer dice que a ella no hay quien se le cuele, porque mandó al marido a las 2 y ella lo “relevó” a las 5 y media; la tienen que matar. Entretanto, una recién llegada comenta que le marcó un custodio. Como respuesta, la cola parece un tsunami. La “marcada” intenta una escaramuza. Responde el tsunami, en segunda temporada. “Perdí los 50 pesos”, se lamenta, porque esa fue la tarifa al “colero”. “Hay que estar en la viva”, afirman las señoras de la frustrada cañona.

Desde las 7 y 15 hay reclamos de organizar la cola, uno detrás de otro, pero entre la estrechez del balcón, el vaivén de personas que piden el último delante (quizás por aquello de que los últimos serán los primeros) y la escalera orinada, no hay consenso.
Campanazos van marcando cuartos, medias y completas en los relojes de la ciudad y el Bulevar, el parque, los corredores del centro van llenándose de gente: uniformes de todo tipo, niños arrastrados por sus madres, ojerosos trasnochadores… También aparecen los que pretenden meterse a última hora con lo del turno médico, la entrevista en la embajada, la tesis de la niña… “Cincuenta años y no aprendemos a hacer colas, caballero”, dice un señor.

La hora 8:00 se acerca peligrosamente. Unos dan paseítos y otros se comen las uñas, la que mandó al marido asegura que a ella la tienen que matar; la gente la mira con ganas de “darle el gusto”. La gastronómica mira el reloj porque hace el turno de la mañana y alguien dice que le está reservando con tiempo al hijo “que estudia en la UCI, ¿ve?”.

A las 8 y 1 minuto, ya los que esperan parecen puntualísimos “alemanes”: qué barbaridad, debieron abrir hace un minuto. La puerta finalmente abre y una joven supermegaultraeducada comienza a susurrar. La cola aúlla que no se oye y una voz les manda a callar. Ya se escucha: darán veinte turnos para la mañana y diez para atender después de la una, independientemente de la reserva para vuelos internacionales y los reintegros y otros demonios, que irán intercalando.

La gente simula calcomanías pegadas a la pared, avanzan despacio y en cuadro apretado para evitar colados y menesterosos con la mahomía del turno, la embajada, la tesis de la niña. Han repartido los veinte turnos matutinos y les hacen pasar. Pero todavía hay esperanzas…

Ella cuenta moviendo los labios, hace el siete de los tiques para la tarde. Aprieta nerviosa el papelito y no piensa en otra cosa en toda la mañana, mientras hace como que trabaja. Cada cierto tiempo abre la cartera para corroborar que no fue un sueño y el cuadrado de papel con su número 7 impreso es una dulce certeza.

A la 12 y cuarenta ya está allí. Casi a la 1 la hacen pasar junto a los otros, les atienden rápidamente; descubre contenta que hay pasajes para todas las fechas posibles, hasta para el 30 de febrero. Reserva, paga, ríe nerviosa. La muchacha es dulce, eficiente, linda. Disfruta el silencio y el aire acondicionado. La vida es bella. La chica sonríe y ella agradece la amabilidad. Con los boletos en la cartera abre la puerta y se sumerge en el intenso color del verano.


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