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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Dom, 19 Feb 2017 - 15:14

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Literatura para niños

Ocurre durante la Feria del Libro. Corren de un lugar a otro buscando novedades y se colocan al final de cualquier cola donde les respondan afirmativamente a la pregunta de si sacaron algo para niños. Se asolean estoicamente bajo los rayos del interminable equinoccio nacional y luego exhiben las marcas de probable insolación como quien muestra una medalla: “quemaduras de tercer grado pero alcancé Había una vez”.

Suelen traer consigo algún infante que les permita sortear la fila reglamentaria; pero cuando reclaman prioridad les responde el coro de otras enérgicas matronas holguineras, ávidas de literatura infanto juvenil (LIJ): “Nosotras también tenemos muchachos, así que coge la cola”.

Cambian sus rutinas domésticas y laborales y durante la semana de la Feria, terminan temprano los quehaceres para “luchar su librito”, o escapan con cualquier pretexto de la oficina para husmear en los quioscos; escuchan las presentaciones desde la cola, aunque sepan que la venta será después de los payasos, los autores, los payasos, los presentadores, los payasos, los homenajes y los payasos otra vez.

El fin de semana, esta vez acompañados por “El futuro” lo dedican a peinar los estantes, aunque para esta fecha ya los títulos más codiciados han volado; no así el algodón de azúcar, las rositas de maíz, los helados y pellys… Todavía una madre cosmopolita forrada de mezclilla asegura a otras progenitoras: “Aquí sacan cuatro libritos, pero yo estuve en La Cabaña y ahí sí venden cosas… Hasta pollo frito”.

Lamentan el agotamiento de los estantes con rostros de mártires, el término de un título las hace sufrir tanto como un capítulo de la telenovela Mentir para vivir, aunque no tengan idea de qué va la historia; intentan conquistar a los libreros con trucos de “lijadictas” para poder llevarse por ejemplo la nueva reedición del lacrimógeno Corazón, de Edmundo de Ámicis. Hay “cábalas” que no fallan: mucha cola, libro bueno; de lo contrario, basta un breve sondeo de opinión en pos de las tres B, bueno, bonito y barato. Aunque no faltan los comentarios: “Con lo caros que están, olvídate del “robó trasforme”.

Son enemigas juradas de las tendencias nacionales en cuanto a ilustración y diseño de literatura para niños (“libros lindos los de antes”, comentan con los ojos en blanco o emitiendo el estertor asmático con que algunas personas elogian algo), les aterra todo lo transgresor o que huela a búsqueda formal, pero también arramblan con esos cuadernos “feos”, jamás se marchan con las manos vacías: primero muerta que sencilla, aunque las ranas sean rojas, el cielo verde y los pelícanos parezcan retroexcavadoras cubistas.

Compran literatura en grandes cantidades y sin detenerse en títulos, basta una hojeada en abanico y el escrutinio de los “monitos”. Del balance entre texto y gráfica, deciden si el libro está bueno o no. A veces recuerdan el transgresor discurso de Alicia en el país de las maravillas: “Para qué sirve un libro sin diálogos ni ilustraciones”. Pero de Alicia no han visto ni el clásico de Disney. Prefieren los de colorear, las historietas y las “cuquitas”, porque ahí van al seguro…

Así cargadas van “de playa en playa” y de cola en cola; calculando y estirando el presupuesto doméstico a ver cuántos libros más pueden comprarle a los que saben querer, aunque a veces la esperanza del mundo mira los libros con el interés con que una gallina observa un microscopio y reclaman una paleta, un paquete de pellis o un “mentiplú”.

Los niños las siguen o acompañan, ojeando maravillados un libro o llevándolos como una cruz bajo el brazo; a esos ni una lobotomía les hará consumir un gramo de literatura. Pero está de moda comprar libros, es fino comprarlos, es chic andar por el parque y alardear con otras mamis sobre cuántos libros compró cada una.

En la televisión vuelan pájaros con letras en las alas y se escucha el tema de la Feria Internacional, en una bien diseñada campaña de mercadeo. Hay que comprar libros. Ven, tu libro aquí… Habría que preguntarse en qué medida la promoción de la literatura se convierte en otro acto de mercadeo, que atiza la compra compulsiva del libro como objeto y se queda allí, olvidando que la literatura se “realiza” en el consumo, en la lectura placentera o el crecimiento intelectual.

Meses después, en muchos hogares, la pila de libros que no sean para colorear o recortar seguirá intacta y ellas se quejarán a otras madres, abuelas y tías: Míralos ahí tirados, qué va, pa’ la otra no le compro ni uno.


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1 Comentarios

  • Rubén, muy real el artículo, se lo llevaré a los niños, les encantará. Para mi felicidad en la casa Osmanito, Favián, Migue y Favio están leyendo mucho, nuestro esfuerzo no ha sido en vano. Tus libros les siguen gustando y releyendo. saludos.

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