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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Dom, 28 May 2017 - 09:48

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Temas que afloran en el debate de los “locos bajitos”

Dice el escritor e investigador Ernesto Carralero, historiador de Puerto Padre, que los vínculos entre Holguín y su ciudad vienen de antaño. Que en 1752, al crearse la jurisdicción de San Isidoro, el territorio de Puerto Padre pasa a pertenecerle. Más de un siglo antes, en 1627, el Cabildo de Bayamo había otorgado al alférez Diego Marrón de Santiesteban “un sitio a donde llaman Maniabón, costa del norte, para criar ganado”.

Cuenta Carralero, en el jardín de la sede de la UNEAC allí, que el propio Francisco Rondán financió la construcción de La Periquera con “los dineros” recibidos por la venta de la hacienda Santa Bárbara, donde nacería ese asentamiento.

El jardín es obra de escritores que lo pensaron desmesurado y absurdo: buganviles multicolores, embelesos, un joven baobab, sauces llorones, cerezos, espinosas ceibas floridas brasileñas, las tunas típicas, arbustos de nomeolvides, palmas reales y árboles de güira y mamoncillo, un robusto datilero resistente a los ciclones, macizos de flores, palmáceas, estanques cundidos de peces y libélulas y hasta un pichón de carey que nada majestuoso y viene a que le rasquen la cabeza.

Salta en la conversación con tanto amigo reciente, que parece conocido de antaño o de otra vida, la sabrosa polémica que pone en entredicho el sitio de llegada de Colón a Cuba. Dicen que no fue Bariay sino Portus Patris la tierra “más fermoza” de la que da cuenta el Diario de Almirante. Por suerte, ningún baracoense asiste al diálogo; entonces habría otra bahía aspirante al primer pisotón hispano.

“Esos locos bajitos” son el pretexto. A pulmón saca el escritor para niños Jorge Luis Peña un evento de crítica literaria y escritura, bajo el pendón de la Unión de Escritores y que propicia la estancia en la Villa Azul de los Molinos, llamada así pues antaño proliferaron esos artefactos, como girantes flores de hierro para sacar agua del subsuelo. Uno así se levanta airoso, como luz de otros días, en aquel jardín de las delicias.

Otro marmóreo molino de viento (dice un gran amigo que no son molinos pues no “muelen”) preside la calle Libertad, que baja al gran azul en un paseo interminable donde combatir en las cálidas noches el sofoco tropical. Lo enfrenta un desarmado Quijote de metal, cubierto de verdín por el salitre. Todavía queda el molinillo que saca agua dulce del mar, pegado al malecón.

¿Cuáles son los rumbos de la literatura para niños y jóvenes en la Isla? ¿Qué leen los pequeños en el siglo XXI? ¿Cómo promover sutilmente los valores en una escritura comprometida éticamente, cuando los libros se enfrentan en desigual batalla con los audiovisuales, y sin que asome su oreja peluda el didactismo? Todos estos temas afloran en el debate de los “locos bajitos”.

Hay tiempo para abordar las tendencias de la narrativa para adultos, recordar al escritor Guillermo Vidal, y disfrutar las muestras de dibujos animados del grupo de creación Guijarros, de la mano de Gustavo Alonso, presidente de la UNEAC y quien sueña en la noche plenilunar del malecón: “Yo llenaría Puerto Padre otra vez de molinos de viento”.

Incansables promotores de Chaparra, Yaris tañe su guitarra roja y Edilberto Montecé, escritor y promotor, exhibe el “videoclip” que hicieran a una niña con voz de ángel. Hay que ir a las comunidades y buscar los diamantes alejados de la enseñanza artística, sacrificarse por ellos, poner bajo sus pies un sendero de losas amarillas, dicen ellos como alucinados.

Puerto Padre conquista con amigos nuevos, como la familia de Juan Romero Martos, maestro y hombre de muchos oficios, que en 1984 y con solo una pierna pedaleó hasta La Habana en una bicicleta de ciclismo; los narradores que leen bajo un robusto árbol o la joven poetisa Liliana Rodríguez Peña, ganadora del Premio Cucalambé y que junto al trovador Rodolfo Velázquez participara en un festival de repentismo en México.

El amanecer estalla en rojos sobre la bahía cuando la calle se llena de uniformes escolares y batas de médico y Puerto Padre renace a un nuevo día. La máquina de alquiler rueda veloz de vuelta a Holguín por la planicie flanqueada de cañaverales.

trás quedaron los “locos bajitos”; yo traigo conmigo los proyectos literarios y editoriales, las promesas de volver y un molino de viento clavado en el corazón. Trepado en él, como en un viejo dibujo infantil, podré alcanzar los aviones.


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