/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Jue, 25 May 2017 - 23:27

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Con Fidel en Birán, el mayor premio

fidelgabo1.jpgEstar en Birán el 15 de agosto de 1996, con Fidel, en ocasión de su 70 cumpleaños, fue una circunstancia única en mi vida de periodista revolucionario, por la proximidad, la cercanía con el líder de la Revolución cubana, justo en el vórtice de la historia.

Pocos colegas holguineros disfrutamos de esa dicha, de la que no suelo hablar por pertenecer a lo más íntimo de mi corazón, por tratarse del mayor premio y honor recibido en ya casi 46 años de ejercicio profesional. Pero hoy hago la excepción, cuando El primero en todo acaba de arribar a su 90 cumpleaños.

Tras 20 años transcurridos, los recuerdos fluyen al galope cual si montaran a Careto, el caballo con que el joven hijo de Ángel y Lina gustaba de recorrer los montes cercanos, en particular ascender la loma de La Yaya y llegar hasta La Mensura en lo profundo de la meseta de Los Pinares de Mayarí, ora de exploración, ora de cacería, ora por el simple disfrute de la campiña.

Temprano ese día llegamos al Sitio Histórico. Es poco después de las 10 de la mañana, hay sol radiante que llena de luz todo el espacio, casi sin brisa y bastante calor. Al Este, los cercanos Pinares de Mayarí están envueltos en la bruma. En el viejo algarrobo que domina la explanada central del batey, abrazado caprichosamente a una gallarda palma, un sinsonte lanza hermosos trinos.

De pronto, todo el apacible entorno pierde importancia, atractivo, cuando la imagen magnética del Comandante en Jefe inunda las retinas de los que aguardamos por su llegada.

Entonces Jorge Luis Sierra Cruz, a la sazón Primer Secretario del Partido en la provincia, presenta a los holguineros, uno a uno, y Fidel me da la mano, fina, suave, de uñas bien cuidadas, enérgica y firme. Atino a balbucear un A la orden, Comandante.

Lo acompañan varias personalidades, entre las que identifico al Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y a Mercedes, su esposa, y a mi colega de Granma y amiga de la vida, la periodista Katiuska Blanco, entre ellos.

Es cuando solicita realizar un primer acto de amor, de humano recogimiento, para rendir homenaje a la memoria de sus padres y abuelos, cuyos restos reposan en modesto panteón en la tierra donde vivieron. Deposita rosas, azucenas….en medio de respetuoso y emocionado silencio el más grande de los cubanos del siglo XX y lo que va del XXI.

Solamente después inicia su reencuentro con la semilla luego de largos años de ausencia. Será un abrazo de más de dos horas, lleno de evocaciones. Es como una despedida con la cuna.

Es por la escuelita pública número 29, pintada de gris y muy bien conservada, por donde comienza el recorrido. Allí recordará que fue “su Círculo Infantil”, reconocerá su pupitre, rememorará que al saltar una ventana sufrió una caída que le produjo una herida, detectará la falta de una letrina, determinará que la pizarra ubicada es mayor que la que él conoció…y esta tónica marcará la jornada.

Más tarde visita la casita que ocupara la maestra de la escuela, una de las casas utilizadas como vivienda por la familia; va al Correo y observa el manipulador de Morse, la mesa, la máquina de escribir marca Underwood, recuerda el barcito, la tienda, el cine.

Fluyen las anécdotas, la práctica de la natación en una charca del arroyo Manacas, los juegos en la poza de El Jobo del río Birán, el boxeo practicado, amores juveniles; se suceden las imágenes y se hacen familiares nombres, como el de Álvarez, el tenedor de libros; Santiago Silva; Doña Dominga, la abuela; José Miguel, el haitiano, y Antonio Gómez, el mecánico.

Y va hasta la casa principal, allí donde nació, y señala donde había un árbol de Higo y cuenta que debajo de la casa de altos pilotes se guardaban las reses por las noches, y sube las escaleras, penetra por un lateral y se detiene en el columpio; entra en la vivienda y se suceden los recuerdos de la niñez al paso por las habitaciones, la oficina utilizada por Don Ángel, precisa detalles. Se ve feliz, es feliz.

También recorre la casa de la abuela, muy próxima, para concluir el encuentro con la fuente primera, a 48 horas de haber cumplido siete décadas y más de media centuria de luchador indomable.

En mi ya larga vida profesional, participé en numerosas coberturas con el Jefe de la Revolución, desde aquella vez en 1973, en el aeropuerto Orestes Acosta de Moa, cuando al abrirse de repente una puerta, apareció Fidel, quien al enterarse con alguien de que era un jovencito periodista, me dijo: “Pareces un minero”. Y creo llevaba mucha razón.

Con los años se sucedieron otras experiencias, la visita de Edwar Gierek a Moa, la inauguración de la fábrica 26 de Julio en Holguín, los actos en el Central Nicaragua de Banes y Fernando de Dios en Báguano,, las pruebas de una nueva combinada en Rafael Freyre, la Tribuna Abierta del 2002 bajo la lluvia, la inauguración de la Escuela de Trabajadores Sociales Celia Sánchez Manduley en Holguín, la presentación del Libro Todo el tiempo de los cedros en Birán, hasta la inauguración del mayor grupo electrógeno del país en Guirabito, Holguín, cuando enfermó, entre otras que ahora no alcanzo a recordar.

En tanto honor profesional y personal, estar en su 70 Aniversario en Birán, fue excepcional. Es, como dijo un colega, un mérito significativo, que lejos de sustraerme las dosis de sencillez, hoy acrecienta el significado de mi vida profesional, por las enseñanzas emanadas de esos encuentros.


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