/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Sáb, 27 May 2017 - 16:01

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El milagro de la eternidad

fidel-eternidad-eddy-pera.jpgFidel Castro, el Comandante en Jefe, el legendario combatiente del Moncada y la Sierra, el hombre al que ni sus enemigos le desconocen la genialidad y valentía. Estar cerca de él no es solo un anhelo de niños y jóvenes; muchos que saborean la fama y el dinero desean la fortuna de conocerlo personalmente.

En mi oficio de camarógrafo he estado cerca de personalidades políticas, culturales y sociales; ninguna con el magnetismo de su personalidad, esa voz baja que nos obliga al silencio para no perder palabras; esas manos atrapadas al ojo y convenciendo. Esa barba que acompaña el verdeolivo, reafirmando la leyenda y marcialidad, fundiendo al hombre venerable y de acción.

Los días 6 y 7 de mayo de 1996 vuelve Fidel a Holguín. Y yo estaba convencido de que vivía el momento más importante de los hasta entonces 14 años de trabajo en la televisión.

Fueron días de largas jornadas de trabajo, los detalles abundaron en esa fecha. Anécdotas quedaron muchas. En la Fábrica de Combinadas, en el campo de corte de caña, en el poblado de Urbano Noris o en el asentamiento de raíces asiáticas Saigón, a la entrada de la Playa Pesquero. En cada sitio su presencia la gritó el viento y corrieron veloces los pobladores, rodeándolo con afecto, curiosidad y devoción.

Fue en Saigón donde una anciana, que no tuvo tiempo para despojarse el delantal desafió la multitud y se abrió paso hasta sus manos. Sosteniéndolas rogó a Dios que lo iluminara para que con su luz ilumine a los cubanos.

Días después, 26 y 27 de julio regresa Fidel y por suerte, soy de nuevo el camarógrafo. Experiencia formidable fue el acto en la Plaza de la Revolución, el recorrido por la Fábrica de Cerveza y el Aeropuerto internacional “Frank País.” Mas puedo asegurar que no fueron esas las horas más especiales compartidas junto a él. Al hombre de los discursos, al líder político, al estadista, es imposible no admirarlo.

Fue conmovedor estar el 15 de agosto de 1996, dos días después de su 70cumpleaños en Birán, su tierra natal. Y ver superada la figura pública por quien, al pasar de los años no olvida sus orígenes y desde la distancia de sus siete décadas evocaba infancia y juventud.

Bastó que se bajara del carro y con una simple ojeada aseveró: “Esto está cambiado.” Esa frase fue el punto de partida de una extensa y minuciosa enumeración de recuerdos.

Testigos de la remembranza fueron Gabriel García Márquez y su familia, así como un reducido grupo de figuras políticas. A cada paso llegaba una anécdota. Sus paseos en velocípedo por un amplio corredor de la casa vivienda, su temprana estancia en la escuelita del batey, a la que definió como su círculo infantil.

Con la ayuda del historiador de la localidad precisó detalles sobre la estructura de la escuela, pues notó la falta de una ventana por la que se escapaba del aula. Contó de una caída en una de esas fugas y como se cortó la lengua con un clavo de una caja de jalea de guayaba. Sus blasfemias y el castigo corporal que le propinó la madre a pesar del sangramiento.

Desde su primer pupitre le asaltó el rostro de la maestra santiaguera que le legó sus primeras letras y hasta la fecha de la pizarra completó la imagen traída consigo desde la década del 30.

En la valla de gallos rememoró cómo después de asistir a las peleas se iban para una charca de 15 o 20 metros de largo en un rio cercano. Explicó cómo fue allí donde aprendió a nadar. Asombró a sus acompañantes por la exactitud conque conocía cada construcción y el fin a que estaba destinada.

En la oficina de correos él y García Márquez se interesaron por el viejo telégrafo, precisando antigüedad y conservación. Ante la tienda y a casa del administrador evocó a los empleados de su padre y se interesó por ellos y sus descendientes.

Hasta los arboles de la vivienda de los obreros agrícolas le alimentaron la nostalgia. A cada instante preguntaba por una fecha, un conocido de aquellos tiempos.

No faltó la nota picaresca con los desafíos de adolescentes a la autoridad paterna. Las fugas nocturnas para la cita amorosa de jóvenes y el sigiloso retorno a la casa para no perturbar el sueño patriarcal y salvarse de la reprimenda.

Con un ramo de flores rindió tributo a los restos de sus padres y abuelos, que descansan en la finca bajo una sencilla lápida. Al historiador le pidió detalles del traslado de los restos y se mostró complacido porque estuvieran allí.

El lunes 15 harán 20 años de aquella visita de Fidel a Holguín. Hoy somos miles, millones de personas y no solo cubanos, los que le dedicamos nuestro mejor pensamiento, los que le ratificamos nuestra fe, los que pedimos el milagro de la eternidad.


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