/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Lun, 16 Oct 2017 - 13:06

DESCARGAR
Edición Impresa

La historia no se sepulta

catedral-san-isidoro.jpgLa muerte es siempre asunto triste; sin embargo, hasta en el deceso de las personas se teje la historia local. La iglesia fue el primer sitio que sirvió de camposanto en Holguín. Aunque existieron pocos entierros allí, se asume como iniciadora la ermita de Managuaco, construcción de guano y madera, fundada en 1692, según Morel de Santa Cruz. Anterior a esta fecha, los pobladores del territorio enterraban a los familiares en sus patios y fincas.

Luego esta iglesia se traslada para Las Guasumas y más tarde, en 1720, para el Hato de Holguín. Aquí de la advocación de “Nuestra Señora del Rosario” pasa a llamarse San Isidoro, lo que condujo a asumir a ambas figuras como los dos patronos de estas tierras. Situada en el sitio donde se encontrara el Bramadero, entre los ríos Fernando e Isabel, actualmente, Marañón y Jigüe, la Iglesia San Isidoro pasaría a servir de camposanto como una costumbre de la época, reconocida en el Libro I, título 18 de las Leyes de Indias.

De acuerdo con la cercanía del entierro al Presbiterio, podía saberse el nivel social del fallecido y su familia. El precio descendía hasta la puerta. Siempre la primera fila era para los sacerdotes y dignatarios eclesiásticos. Los pobres y esclavos eran enterrados con limosnas.

A partir de 1787 por orden de Carlos III se suspenden los enterramientos dentro de las iglesias, debido al mal olor y las enfermedades que podían ocasionarse, pero los alrededores continuaron utilizándose para dichas funciones.

De ahí a que pasados tres años, en la región se toma como primer cementerio público los terrenos adyacentes al santuario, es decir, lo que hoy ocupa el parque Peralta o de Las Flores. La zona designada fue bendecida por el ilustrísimo Sr. Obispo Diocésano Don Antonio Feliú, en ocasión de una visita pastoral. Allí estuvo también la considerada primera estatua representativa en el territorio, dedicada a la memoria del marino español Don Carlos Ibarra.

En 1804 se dicta una real cédula, aplicada en Holguín 10 años más tarde, que planteaba que cada pueblo debía tener su propio cementerio. A partir de entonces se construyeron el de la calle Luz y Caballero y los de San Andrés, Gibara, Mayarí y otros.

En el caso del cementerio de Luz y Caballero, en sus inicios solo ocupaba un espacio de 200 varas, pero luego de importantes reformas se construyeron muchas bóvedas y se levantó una capilla al Santo Cristo de la Misericordia. Desde entonces el camposanto se ha extendido hasta quedar en el centro de la ciudad.

El entierro de cruz alta consistía en llevar levantada la cruz procesional, de nueve pies aproximadamente, la cual siempre está en el Presbiterio para indicar la presencia de Cristo crucificado. El de cruz baja residía en llevar la cruz pequeña de dos pies de alto, que siempre está presente en el altar. Pese a mantenerse solo hasta inicios del siglo XX, cuando hoy se efectúa algún enterramiento de sacerdote, religioso o laico dedicado al servicio de la iglesia, va delante la cruz alta desde la catedral hasta el cementerio.

Debido a que no es hasta finales del siglo XIX que se crea el registro civil, la iglesia, hasta ese momento, poseía toda la documentación relacionada con matrimonios, bautizos y fallecidos. Dichos documentos, por tener casi tres siglos de existencia, se encuentran muy deteriorados, por lo que en la provincia se lleva a cabo una ardua tarea de restauración.

Los enterramientos en la Ciudad de los Parques son cardinales en el estudio de nuestros inicios. Sin dudas, asunto de interés para que los sucesos históricos de Holguín no se pierdan en la noche oscura de los tiempos.


AddThis Social Bookmark Button